Dolor francés
BUENOS AIRES 27 agosto 2025 - El Teatro Colón presentó un Werther de Massenet de perfecto estilo francés en el que se conjugaron una puesta bella y funcional, excelencia canora, y una batuta de fuste.
La puesta de Rubén Szuchmacher sitió la acción alrededor de 1930. Esto no molestó a la acción ni a la comprensión de la obra, una traslación sin dudas respetuosa. El movimiento escénico planteado por Szuchmacher fue el estrictamente necesario dejando fluir el texto y la música con naturalidad,
Con coherencia estética respecto a la decisión actoral la escenografía de Jorge Ferrari fue despojada y funcional con gran trabajo de iluminación de Gonzalo Córdova creando diversos climas de conmovedora belleza, mientras que el vestuario del mismo Ferrari, en perfecta época, abusó un poco de los marrones.
El tenor francés Jean-François Borras como Werther resultó perfecto para el rol. Dotó al personaje de matices, dosificando con suma inteligencia la intensidad dramática del personaje, pasando de la sutileza a la pasión en plena voz sin inconvenientes. Demás está decir su exquisito fraseo y su inmaculado francés. La manera que encaró la frase ‘Lorsque l'enfant revient d'un voyage’, con pianísimos exquisitos plenamente audibles en la gran sala del teatro; como la intensidad impecable de ‘Père! Père! Père’, o la escena de la muerte de conmovedores acentos son para remarcar. Sin dejar de mencionar la compenetración en el canto de Ossian y la dulzura con la cuan interpretó la segunda vez que se repite la frase ‘ô souffle du printemps’.
La italiana Annalisa Stroppa encarnó a Charlotte con su bello registro de mezzosoprano, con adecuado volumen, emisión segura y homogénea. Sencilla en el primer acto, compenetrada en el segundo, desplegó todo su potencial en el tercero y acompañó de forma exquisita la escena de la muerte en el cuarto. La conjunción de la artista italiana con Borras alcanzó momentos de gran intensidad dramática con convicción escénica y calidad vocal. Stroppa es una gran Charlotte, que brilló especialmente en la escena de la lectura de las cartas, conmovió en ‘Va! Laisse couler mes larmes’ y derrochó dramatismo en ‘Seigneur Dieu! Seigneur! J'ai suivi ta loi’.
La argentina Jaquelina Livieri en el breve rol de Sophie demostró, una vez más, que es la gran soprano lírica argentina del momento: emisión limpia y radiante, agudos sin estridencias y sutiles pianísimos.
Alfonso Mujica en el ingrato rol de Albert cumplió sin brillar, mientras que Cristian De Marco como Le Bailli se mostró convincente y profesional.
Pablo Urban (Schmidt) y Sebastián Sorarrain (Johann) se amalgamaron adecuadamente y cumplieron cabalmente con sus roles, bien complementados en los brevísimos roles de Katchen y Bruhlmann por Rocío Arbizu y Mauricio Meren; mientras que el Coro de Niños y los pequeños solistas, preparados por Helena Cánepa, tuvieron buen rendimiento.
Pero sin dudas la ópera francesa necesita refinamiento orquestal y sutileza, en esta ocasión ambas variables estuvieron garantizadas por la batuta del maestro español Ramón Tebar. Todo estuvo en su justo punto. En cuanto a la conjunción entre el foso y la orquesta el maestro no se limitó a acompañar sino a verdaderamente a concertar y estar siempre atento al balance como a las necesidades de las voces. La versión contó con el necesario espíritu francés, tiempos adecuados a la gran tradición gala, sutileza en los momentos necesarios, potencia y fuerza arrolladora cuando se requería. La respuesta de los miembros Orquesta Estable del Teatro Colón resultó de primer orden.
