L’Ape musicale

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Un baile en negro y blanco

por Gustavo Gabriel Otero

Paris, 30 jenero 2026 - Con la presencia estelar de Anna Netrebko, secundada por un muy buen elenco y una segura dirección musical la ópera de París repuso la puesta en escena de Un Ballo in Maschera de Verdi firmada en 2007 por Gilbert Deflo.

Anna Netrebko en el rol de Amelia, que debutó en Nápoles en octubre de 2025, volvió a deslumbrar por su potencia vocal, por sus graves perfectos. por la extraordinaria intencionalidad con las que dice casa frase y por sus poderosos agudos. Perfecta en ‘Ecco l'orrido campo’ fue conmovedora en ‘Morrò, ma prima in grazia’ que desató una huracanada ovación.

Matthew Polenzani no abandona su base belcantista que le dio fama internacional para abordar el personaje de Riccardo. Su canto no es estertóreo y eso le hace bien a la composición del rol que en todo caso está más cerca del belcanto que del verismo. Quizás en alguna parte más pesada tuvo que forzar algo la voz, pero eso no anula una muy buena composición vocal con elegancia, muy buena línea vocal y perfectos matices. Brilló especialmente en ‘Ma se m’è forza perderti’.

Étienne Dupuis fue un Renato de alta calidad. Es un barítono confiable que cada vez más se especializa en los grades roles verdianos que encara con el dramatismo y el lirismo necesario, adecuados matices, bello color vocal, compenetración y estilo.

La soprano Sara Blanch brilló como Oscar. Actuó, cantó y bailó con gran clase con coloraturas y agudos brillantes.

Elisabeth DeShong, supo sacar buen partido de su Ulrica con agudos emitidos sin esfuerzo, graves de gran profundidad y adecuada proyección.

Christian Rodrigue Moungoungou (Samuel) y Blake Denson (Tom) aportaron calidad musical, muy correcto Andres Cascante (Silvano), así como el resto del elenco.

La maestra italiana Speranza Scappucci, de más que interesante carrera internacional, ofreció una versión vivaz y enérgica de la partitura con muy buena interacción entre el foso y el escenario dando lugar al lucimiento de los solistas, pero a la vez solidez a la versión estrictamente musical.

Sin fisuras el Coro de la Ópera de París preparado en esta oportunidad por Alessandro Di Stefano.

La producción de Gilbert Deflo escénica es elegante y sobria, pero luce un poco grandilocuente y vacía. Los movimientos escénicos son tradicionales y no molestan, pero tampoco aportan nada nuevo. Claro que para los tiempos que corren y ante tanta puesta absurda las decisiones de Deflo resultan, finalmente bienvenidas.

Tanto la escenografía como el vestuario de William Orlandi utilizan en forma constante el blanco y el negro. Los elegantes vestidos decimonónicos de la Nueva Inglaterra están en estilo y son particularmente bellos los de los danzarines en el último cuadro sacados de la comedia del arte. Con un escenario bastante vacío y abierto resultan enormes tanto el águila imperial de los Estados Unidos en un hemiciclo multiuso blanco del primer cuadro como los tótems levemente diabólicos en la guarida de Ulrica. Solo dos columnas con águilas son el ‘orrido campo’, mientras que la casa de Amelia y Renato tiene una estatua blanca de Riccardo y no un cuadro, además del hemiciclo esta vez en negro y un gran jarrón del mismo color. El gabinete del Conde es nuevamente el escenario del primer cuadro y en el famoso baile está toda la escena abierta con seis columnas con águilas.

La puesta se completó con la adecuada iluminación de Joël Hourbeigt y la coreografía de Micha van Hoecke.


 

 

 
 
 

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