L’Ape musicale

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Verismo y cinema

por Gustavo Gabriel Otero

BUENOS AIRES, 18/04/2026 - El Teatro Colón de Buenos Aires inició su temporada lírica con nueve representaciones del programa doble de las dos de óperas cortas más famosas de la historia de la lírica, pero en orden mutado respecto a lo habitual, primero Pagliacci de Leoncavallo y luego Cavalleria Rusticana de Mascagni, con doble elenco y doble dirección musical con buenas prestaciones generales.

Hugo de Ana en su cuádruple función de director escénico, escenógrafo, vestuarista e iluminador intentó unir las obras desde un plano cinematográfico utilizando un recurso usado infinidad de veces, esto es la simulación de la filmación de una película.Una cámara en el lado derecho del escenario indica que el público es espectador de la filmación de una película, algo que resalta la silla del director, con el nombre -que solo se pueden leer desde las primeras filas de la platea- ‘Fellini’ en Pagliacci y ’Visconti’ en Cavalleria.

Naturalmente el código que quiere utilizar Hugo de Ana con guiños a los filmes de ambos autores no son comprendidos por la mayoría del público menor a 60 años, ya que nunca tuvieron la posibilidad de ver esos trabajos en los cines, o que no sea un cultor del cine italiano de la mitad del siglo pasado. En Pagliacci hay paráfrasis de La strada, obra estrenada, en 1954 y en Cavalleria a los trabajos de Visconti.

La escenografía es grandilocuente, los vestuarios de la década de 1940 de la Italia pobre, se utiliza hasta el hartazgo el escenario giratorio que determina dos planos: la plaza para los coros y escenas de conjunto y otro espacio más íntimo para los protagonistas, hay multitud de figurantes -más en Pagliaci que en Cavalleria- y proyecciones con uso de la inteligencia artificial.

Hugo de Ana conoce a la perfección las posibilidades del teatro Colón y los gustos de sus abonados y no defraudó a la mayoría del público; aunque la pléyade de figurantes en Pagliacci confundió y quitó el foco de la acción y en Cavalleria el coro estático, las proyecciones con inteligencia artificial en el intermezzo y, principalmente, el absurdo final con dos grupos de campesinos que se pelean y se arrojan comida y la irrupción de los payasos de la otra obra resintieron toda la visión de esta ópera.

Marcelo Ayub, un preparador y conductor de fuste, ofreció versiones vibrantes de las dos obras, con conocimiento del estilo, logrando buena prestación de la orquesta estable.

Puntales de la representación fueron tanto el Coro Estable (siempre dirigido por Miguel Martínez) como el Coro de Niños (preparado de esta temporada por Mariana Rewerski) con prestaciones de alta calidad.

El elenco vocal resultó homogéneo y de calidad.

El tenor español Alejandro Roy, debutante en la sala del Colón, interpretó un sufriente Canio con bello color vocal con tintes baritonales, buena llegada al agudo y actuación sobria y prolija.

Marina Silva como Nedda/Colombina, para de Hugo de Ana Gelsomina de La strada, diferenció el color vocal de su personaje cuando está dentro de la tragedia (Neddda) de cuando es la protagonista de la obra teatral del circo ambulante (Colombina), en un recurso vocal y dramático muy interesante. De adecuada proyección, razonables coloraturas y agudos, fue una buena noche para la soprano argentina.

El estadounidense Samson McCrady (Silvio) en su debut local evidenció buenas dotes y adecuado estilo.

Impecable Sergio Spina como Beppe/Arlecchino, una garantía para personajes de flanco o característicos, y correctos en sus brevísimas intervenciones Esteban Hildebrand y Reinaldo Samaniego (Paisanos).

El barítono surcoreano Youngjun Park, de más que interesante carrera internacional, aportó sólida presencia vocal y actoral a Tonio y Alfio. Su caudal es enorme, su color vocal atrayente y su emisión homogénea.

Diego Bento (Turiddu) con buen material y algo de falta de experiencia en roles solistas redondeó una muy buena noche. Su volumen es apreciable y su emisión bastante controlada.

Mónica Ferracani aportó su habitual calidad vocal y su experiencia escénica a su Santuzza.

Guadalupe Barrientos brilló por la intensidad sufriente de su Mamma Lucia, mientras que Daniela Prado (Lola) demostró que no hay roles pequeños para los muy buenos artistas.


 

 

 
 
 

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