L’Ape musicale

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Sin concesiones

por Gustavo Gabriel Otero

Buenos Aires, 5 de julio de 2022. Teatro Colón: Ciclo: Grandes Intérpretes. Sondra Radvanovsky, soprano – Anthony Manoli, piano.

Hace tiempo que los artistas de verdadera relevancia internacional no pasan por el Teatro Colón en ópera completa sino en recitales con orquesta o con piano. Los problemas de agenda, la planificación anticipada, la distancia con los grandes centros internacionales de la ópera o el tiempo que demanda de ensayos una producción completa son lagunas de las muchas causas que impiden la presencia de los más grandes artistas de nuestro tiempo en ópera completa en Buenos Aires, por eso son más que bienvenidos estos recitales que posibilitan al público porteño tener la oportunidad de escuchar en vivo a los grandes artistas del momento. En este caso fue el debut local de la soprano norteamericana-canadiense Sondra Radvanosvy que deslumbró al público porteño por amplitud de su registro y su volumen fenomenal.

Radvanosky es de esas voces amplias y caudalosas que el público del Colón ama y que espera escuchar en su sala. Por eso fue una noche de triunfo en la cual la soprano desplegó un arco interpretativo de casi 300 años de historia de la música en un trayecto cronológico desde el barroco y el bel canto pasando por Verdi para llegar a la ‘nueva escuela italiana’ con plena solvencia, conocimiento de los estilos y un diseño de programa que combinó arias con canciones.

Como presentación ofreció tres piezas que forman parte de la colección de canciones y arias antiguas recopiladas por Alessandro Parisotti: Amarilli, mia bella de Giulio Caccini, O del mio dolce ardor de la ópera ‘Paride ed Elena’ de Gluck y Danza, danza, fanciulla gentile, de Francesco Durante. No era dable esperar una interpretación ‘históricamente informada’ pero la artista demostró profesionalidad y oficio. Siguió el aria Piangerò la sorte mia de ‘Giulio Cesare’ de Händel, plena de matices y con perfecto fraseo.

Estas cuatro interpretaciones sirvieron de presentación para entrar en lo que sería la parte central del recital. Un repertorio elegido con inteligencia, buen gusto y coherencia estética: una combinación de arias y canciones de cámara de Bellini, Verdi y Puccini, relacionadas algunas entre sí por la reutilización que los compositores hicieron de sus propias melodías.

Así pasaron de Vincenzo Bellini las canciones Per pieta, bell’ idol mio y La ricordanza -melodía reutilizada luego en la Cavatina de Elvira Qui la voce sua soave de ‘I puritani’- y una exquisita interpretación de la Casta Diva de ‘Norma’. Esta primera parte finalizó con dos arias de gran envergadura de Giuseppe Verdi que ponen en aprietos a más de una intérprete: Tacea la notte placida…di tale amor de ‘Il Trovatore’ y Pace, pace, mio dio… de ‘La forza del destino’. Sin piezas al piano de relleno o para permitir descansos esta primera parte de alrededor de 55 minutos mostró en la intérprete su voz enorme, sus firmes agudos, sus bellos filados, pianísimos y medias voces, además de su excelente línea de canto.

El inicio de la segunda parte retomó la estética del final de la primera: melodías reutilizadas por los propios compositores. De Puccini se interpretaron Sole e amore -melodía integrada posteriormente en el cuarteto del tercer acto de ‘La Bohème’- y E l’uccellino junto a una vibrante e inolvidable Sola, perduta, abbandonata de Manon Lescaut. Mientras que tres fueron las canciones verdianas In Solitaria stanza -con melodías utilizadas en Il Trovatore-, Perduta ho la pace y Stornello.

El final fue de alto impacto emocional. La soprano se refirió a la sublimación por el arte y al dolor que le produjo la reciente muerte de su madre. Así casi como en un homenaje y como credo artístico se interpretaron Io son l’umile ancella e ‘Adriana Lecouvreur’ de Cilea y La Mamma Morta de ‘Andrea Chenier’ de Giordano. Aquí la voz adquirió una resonancia casi ilimitada, con una interpretación exquisita y un fraseo conmovedor. Su apabullante técnica le permitió casi en una misma toma de aire pasar del piano al fortísimo para finalizar en pianísimo en el fragmento de ‘Adriana Lecouvreur’, mientras que en el aria más famosa de ‘Andrea Chenier’ mostró la plenitud de matices e intensidad dramática que la intérprete dota a sus personajes.

En todo momento el pianista Anthony Manoli resultó un sólido y refinado acompañante de la diva.

Con cuatro bises cerró su presentación. En primer lugar la Canción a la luna, de ‘Rusalka’ de Dvorak y Vissi d’arte de ‘Tosca’ de Puccini, ambas espléndidamente interpretadas. Siguió O mio babbino caro del ‘Gianni Schicchi’ de Puccini, un clásico en los bises de casi todas las sopranos, en buena versión; para finalizar con Somewhere over the rainbow de ‘El mago de Oz’ de Harold Arlen, único momento en un idioma no italiano y en algún punto homenaje a sus raíces norteamericanas, que cerró un recital de excelencia con un programa sin concesiones.


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